Ahí andaba yo, un chamaco de unos 5 años (de kínder, con los mocos de fuera) y obviamente todos los demás mocosos se aprovechaban de mí, del niño que no decía nada, ni se quejaba, y que se quedaba calladito cuando le hacías una maldad. ¿Quieres darme un zape? Adelante, date gusto. ¿Quieres escupirme en la cara o lanzarme algo? Sin problemas, yo no iba a decir NADA. ¿De dónde salió esto de quedarme mudo? Pues ni yo lo sé a ciencia cierta. Probablemente surgió del abuso sexual que mi abuelo me hacía de chico, un "quédate calladito mientras te hago esto o te pego" o algo relacionado. Supongo que el chip del silencio se me quedó incrustado en el cerebro desde ahí. ¿Quién sabe?
La situación continuó igualita en la primaria. Los mocosos se burlaban de mí porque era el blanco fácil, el pobre mensíto que nunca abría la boca. Y entonces cometí el trágico error de conocer a un chiquillo gordo y prieto que según era de Veracruz (donde la leyenda chairo-científica dice que son medio pescado y medio humanos). Su familia era petrolera, y ya se imaginarán el nivel de prepotencia: se sentían de la altísima sociedad, de los que compran en Sears sin despeinarse. Lo llamaremos "Julio" para proteger identidades, aunque el pinche perro ni se lo merezca.
Pues resulta que conozco al mocoso ese, y al poco tiempo empezó a ser pesadísimo conmigo: me insultaba, se burlaba de mis fachas, me quitaba mis cosas y me decía "mariquita, mariquita, como niña siempre grita", y demás mierda. En ese entonces yo estaba tan bloqueado que ni siquiera veía el abuso. Yo juraba: "ah, mi amigo Julio" cuando los adultos nos veían con su bocota abierta y decían: "¡Ay, miren a los amiguitos, qué tiernos!", pero sin tener la más mínima idea del trasfondo de terror. Ahora entiendo perfectamente quién es la causa biológica de mi baja autoestima y mi pánico a los grupos sociales. ¿Te imaginas? Que tu supuesto "mejor amigo" te trate así de mierda.
Ahora analizo la situación con tres dedos de frente y de madurez y no sé cómo chingados soporté más de 5 años en esos ambientes de hostilidad absoluta, en vez de mandar al tipo ese a meterse sus palabras por donde le quepan. porque literal, en cualquier momento yo me convertía en la burla y el chiste fácil del día sólo porque el chamaco ese estaba aburrido. Lo peor es que su papá era un "macho" a la antigua, de los que primero meten el chingadazo e insultan, y luego hablan. Seguro Julio le había contado cosas sobre mí, cosas que pasaron literalmente por mi inhabilidad de hablar y poner claras las cosas; cosas que pasaron sólo porque yo estaba ahí, existiendo y callando, y que luego se malinterpretaron. Terminé mal psicológicamente, cohibido, roto. Todo se me juntó en un combo infernal: la violación, el bullying, el divorcio de mis padres... literal fui el puto bad ending del juego ese donde todos son 'felices por siempre', excepto yo, por supuesto. Porque nonononono, no vaya a ser que yo sea feliz por un día, imposible, inimaginable... (?
Después, en quinto grado, nos mudamos a una pequeña ciudad (que llamarle ciudad es un insulto, es un pinche pueblo arrabalero de 55,000 personas máximo) para tener "paz y tranquilidad" según mi mamá, pero ahí todo empeoró. Llegamos a la casa de un familiar que nos contaba hasta los malditos frijoles de la comida, y sus tratos no eran los mejores. Entré a sexto de primaria todo nervioso, con la mierda de mi pasado encima, ¿y qué creen? ¡A echarle más lodo al niño! Al fin que es calladito y no dice nada~
Mi primer día de escuela fue espantoso, de veras, como película americana de terror adolescente donde eres el nuevo y todos te traen de bajada por ser el "juguete" nuevo del instituto. Apenas puse un pie en el aula, los mocosos idiotas me llamaron puerco, haciendo sonidos de pedos y demás infantilidades, EN ENFRENTE DE LA IMBÉCIL INCOMPETENTE QUE SE HACÍA LLAMAR PROFESORA. Pues luego de un siglo, la vieja esa reaccionó, calló a todos, y al taradito que me dijo puerco lo cambió de lugar... y a mí me dio su asiento. Vaya, qué heroína de la educación pública, qué pinche genia: me mandó a sentar justo en medio del grupito de los trogloditas que se habían burlado de mí cinco segundos antes. Está por demás decir que me cohibí más, me sentí de la patada y mis días en clase eran una pesadilla.
Y entonces vino el segundo castigo. Un tipo que llamaremos Daniel "intentó" hacerse mi amigo, hacía bromas babosas y cosas para hacerme reír. (Spoiler: no pudo). Yo me sentía tan tenso y cohibido cuando él intentaba acercarse que lo último que me daban ganas era de soltar una de mis estúpidas expresiones de risa. El tipo se lo tomó súper personal, ya no quiso ser mi amigo y pasó a ser mi bully oficial. Me ridiculizaba cada que podía, se burlaba, etc. Una vez tuve que hacer un trabajo grupal con él y otro tipo, y tuve que ir a su casa. Está de más decir que me humilló, se burló y me hizo como quiso mientras yo me tragaba las lágrimas. Salí de ahí llorando por la calle. Mi peor error científico fue ir a acusarlo con la profesora, porque la IMBÉCIL INCOMPETENTE entendió todo al revés, le metió de su propia cosecha al chisme y el tipo la agarró peor contra mí. Me hizo la vida de cuadritos y peor cada que pudo.
Ahí conocí a Alfredo y a Héctor. El primero era un "americano" de padres méxico-americanos que se sentía salido de una película hollywoodense de adolescentes mensos, donde lo más importante era ser el más cool y humillar a tus amigos (y lo hacía cada que la vida le daba oportunidad). Ya saben, el típico tipo insoportable que escuchaba la canción de "Don't wanna be an American idiot nana nana nana nanaaa" en su reproductor de mp3 y decía para sus adentros: "ja, sí, todos quieren ser tan cool como yo". O sea, no mames.
El segundo, Héctor, era un barrio-bajero más prieto aún que igual, se suponía que era mi "amiguito" pero me chingaba cada que podía. Este sí era más físico: me metía zapes y me hacía cosas horribles frente a otros. Zapes, albures, humillaciones de secundaria pública. Era un tipo con un humor idiota y retrasado que "chingaba" nomás para demostrar su dominio primitivo y caerle bien a los demás simios del salón.
Y por si fuera poco, el tercer y cuarto castigo de mi colección: Roberto y Víctor, quienes fueron mis "ejecutores" oficiales en la secundaria. Yo andaba con ellos diario en la clase y en el receso porque eran mis dizque "amigos". Tan buenos amigos que me hacían sentir como un reverendo pendejo cada que tenían oportunidad. Si una tipa se metía conmigo, el teto de Roberto salía a "defenderme" diciendo: "Ya déjalo, no abuses de él nomás porque le ves la cara de pendejo..." ¡Wow! ¡Qué gran hermano! Gracias por el paro, Roberto, perro.
Cada intimidación, cada risita y cada humillación me moldearon para ser lo que soy ahora: un adulto con un pánico tremendo de pararme en una reunión social porque... ¿y qué tal si se vuelven a burlar de mí? ¿Y qué tal si para lucirse frente a los demás, me agarran de su chiste otra vez? Soy un adulto roto, que le cuesta un huevo hablar, que tiene miedo de expresarse y mostrar sus sentimientos por puro terror a la reacción ajena. ¿Te imaginas vivir así todo el tiempo? Traumado, asustado, cohibido, roto... y todo porque para ellos era "nomás una broma", un pinche juego de niños... ¿Qué a toda madre, no?
